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Periodismo, opinión y obligación: nuevas rutas

Periodismo, opinión y obligación: nuevas rutas

Gran parte de los periódicos de pago, digamos los diarios convencionales, están tratando de readaptar su mundo editorial y su alcance en unos meses en los que por primera vez en la historia un medio gratuito, 20 Minutos, ha tenido unas cifras en el EGM (Estudio superior de Medios) superiores a las de los primeros. El diario de Schibsted ha pasado a Marca, que llevaba arriba mucho tiempo. Demasiado. Por eso ahora periódicos como El Mundo o El País se esfuerzan en otorgar a sus contenidos un poso más profundo de lo que se espera de ellos; el estatus es, desde que el periodismo se alió con la política, el motivo principal por el que se compra información. Uno no escucha la COPE más que por dos motivos: o está de acuerdo con lo que dice, o está en desacuerdo y le gusta crisparse con Losantos. El País, que se ha convertido de nuevo en la referencia nacional para ver qué sucede en el Gobierno y para ver a qué teme Zapatero, decide echar a Segurola de Deportes y restructurar sus secciones para darle un vuelco a su información. El Mundo, que quiere dar la sensación de mantenerse al margen de todo y en el centro del espectro informativo, cuenta en sus filas con colaboradores sin ningún escrúpulo a la hora de dar a entender qué y a quién defienden. El caso es que, y a lo que viene todo esto, especialmente en estos días de verano en los que informar es todo un arte, el otro día leyendo El País encontré en su cuadernillo central dedicado a agosto, un par de opiniones (el cuadernillo en sí está plagado de ellas) digamos... ... forzadas. Como de colaboradores que no querían escribir. Obligados a rellenar líneas en un periódico que necesita caras pegadas a las letras para que la gente encuentre un aliciente para leerlo. Un futuro incierto.

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